viernes, agosto 26, 2005

(IV) EL HÉROE EXPUESTO A LOS EMBATES DEL DESEO

EL HÉROE HA MUERTO, !VIVA EL HÉROE!
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Algunas personas, hombres o mujeres, pasan por la vida con una sóla obsesión: consagrarse a la difícil tarea de cumplir su destino. Freud afirma que la humanidad necesita héroes, pero no quedan muchos desde Napoleón. Por suerte tenemos a Nelson Mandela, que se pasó treinta años años de vida en la cárcel y cuya serenidad y su talante conciliador permitieron que Sudáfrica se modernizara sin demasiados problemas.
El héroe fascinaba a Lacan; según el psicoanalista, el héroe se sale de lo común y, sea cual sea la causa a la que se consagre, “no cede en su deseo”. Es decir, no renuncia, y por eso puede terminar siendo traicionado por los mismos que participaron con él en el combate. Es un solitario, ese tipo de personaje que han encarnado en la pantalla Mel Gibson o Bruce Willis, actores holywoodienses muy bien remunerados y siempre atractivos con sus camisetas ceñidas. Pero no sólo en el cine hay héroes: también está el militar inglés al que rinde homenaje el doctor Lacan y que en la década de 1940 luchó contra la Alemania nazi; asume sus responsabilidades, no se acobarda y llega hasta el final.
Lo que mueve al héroe es un ideal un poco peculiar. El héroe tiene una “relación verídica con lo real”, afirma Lacan con admiración. En 1940, lo realista era negar la evidencia de la derrota francesa: pero ¡qué poca gente se mostró “realista” en aquel tiempo! Para Lacan, ser realista, a diferencia de lo que aseguraba el famoso eslogan del 68, no es pedir lo imposible sino saber decir no a lo inaceptable. Y es también no dejarse subyugar por la voz “obscena y fiera” que capta el psicoanalista, es decir, la voz del superyó, de la que la política es a veces portavoz. El superyó, esa instancia nefasta, no se contenta con marcar los límites y establecer lo prohibido, sino que ordena gozar: ¡es una incitación al crimen!
A pesar de todas sus consideraciones sobre el “realismo” del héroe, que pueden entenderse como una invocación al coraje, Lacan no participó en la Resistencia en tiempos de la guerra. Hay que reconocer en su descargo que pocos intelectuales lo hicieron. Es cierto que Lacan no era un hombre politizado y que, como le sucedía a Freud, no creía que la política pudiera cambiar las cosas, y menos aún la vida. Tampoco era progresista, como no se privó de explicar a los exaltados estudiantes de 1958, que por lo demás no entendieron muy bien de qué les hablaba. De hecho, la pretensión de Lacan era revolucionar el psicoanálisis, y le bastaba con esa lucha.
A pesar de su indiferencia frente a la política, parece que Lacan ejerció un papel social de primera línea en la década de 1970. Hay quien considera que, si Francia no experimentó la deriva terrorista de Alemania en esa misma época, fue gracias a la popularidad del seminario público de Lacan y al hecho de que un puñado de rebeldes airados frecuentaron su diván. La última palabra sobre esta cuestión la dirá la historia, a menos que, como siempre, nos diga cualquier banalidad. El eslogan lacaniano de la época podría haber sido este: “Haced un psicoanálisis y no la revolución”. En cualquier caso, sería interesante saber en qué se han convertido los agitadores pijos que acudían a analizarse al número 5 de la Rue de Lille, la elegante dirección de la Rive Gauche parisina donde oficiaba Lacan: ¿se habrán hecho analistas algunos de ellos? Eso explicaría que algunos psicoanalistas sean tan intolerantes: como es sabido, el maoísta, el trotskista o el izquierdista, que a los veinte años actúa movido por la certeza de estar en posesión de la verdad, se la queda para él al cabo de los años.
Lo que está claro es que el neurótico es cualquier cosa menos un héroe. Es cobarde por naturaleza, porque no sabe lo que quiere y porque se encuentra atrapado en las redes del deseo de los demás. ¿Podemos decir que el psicoanálisis ayuda a desarrollar el sentido del valor? Habrá que estudiarlo en caso de pronunciamiento militar. Según Lacan, por un lado están las masas, lo que él llama “carne de partido”, el hombre corriente que se consagra al “servicio de los bienes” sin plantearse preguntas; y por otro lado está la gente de la que se dice “ese es alguien” y que se sale de lo común porque no se parece a los demás. Como es natural, es más difícil parecerse a los segundos que a los primeros...
Ahora bien, para Lacan, el héroe ya no es lo que era. Antiguamente, en la tragedia y en la historia brillaba el héroe clásico, idéntico a su destino, y del que Antígona (hablamos de ella más adelante) constituye un bello ejemplo. El héroe de hoy libra un combate de escasa importancia, incluso y sobre todo para él. Va a la deriva, dando tumbos, sin un proyecto claro. Es el caso de Sygne de Coûfontaine (de quien también hablamos más adelante), heroína de Paul Claudel, dramaturgo católico del siglo XX, y es el caso también, ya más cerca de nosotros, de los personajes que aparecen en los libros del muy contemporáneo Michel Houellebecq. Estos últimos no desean en realidad nada, y sobre todo no desean enredarse en unas historias que no pueden reportarles nada más que problemas. El héroe de hoy se mueve en un más allá del sentido, desmintiendo una dimensión trágica de la que Lacan se pregunta si aún existe. Propongamos una respuesta: probablemente existe, pero de otra manera; su expresión moderna es tal vez la ironía, el segundo grado: la ironía desborda de la pantalla en la película Starship Troopers, que muestra sin demasiado afán de realismo ni de piedad a unos seres humanos sumidos en una extraña lucha contra unos insectos asquerosos y muy poco amables.
¿Qué se puede hacer si en nuestra desencantada época ya no quedan héroes de verdad? ¿Qué se puede hacer si la vía militar hacia el heroísmo está pasada de moda? Se puede ser un dandi, consagrarse en cuerpo y alma a lo fútil, volcarse en la banalidad que el dandi exalta. El dandi es un antihéroe que trata su cuerpo y su vida como un arte, construye y cultiva su singularidad individual adoptando el registro de la pose. ¡ No es una solución al alcance de todo el mundo! En la doctrina de Lacan no aparece el dandi, aunque él sí lo fue, como demuestra el increíble look que lo caracterizaba: pajaritas inenarrables, cuellos de camisa inauditos, abrigos de pieles y otras excentricidades anacrónicas que otros han recreado o copiado. Mucho antes de Lacan existió Brummel, un inglés decadente que en el siglo XIX impuso la dictadura de su gusto entre la aristocracia más orgullosa del mundo. Los más elegantes imitaban la forma de anudar la corbata y el color de chaleco de aquel joven hermoso e impasible, que era dueño de sus emociones y de todos los actos de la vida cotidiana.
PREGUNTA: En caso de peligro grave, ¿el psicoanalista es un héroe? Trate el lector de imaginar al suyo (o a la suya) ataviado con un mono y armado con un Kaláshnikov y juzgue por sí mismo si resulta creíble con toda esta parafernalia...
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ANTÍGONA O ¿QUÉ SIGNIFICA IR HASTA EL FINAL DEL PROPIO DESEO? .
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¡Antígona sí que es una verdadera heroína! Es una joven distinta a las demás que, en lugar de comprarse un wonderbra y ponerse un piercing en la nariz, tiene una sóla obsesión: enterrar a su hermano muerto. Lacan “revisitó” con pasión a esta heroína trágica de Sófocles. ¿Quién es la fascinante Antígona? Es la que dice “no” al oponerse a la ley de Creonte, quien prohíbe enterrar el cadáver de Polinice, hermano de Antígona y adversario del propio Creonte. Los restos del enemigo de la patria, al que Creonte no apreciaba demasiado, serán lanzados a los perros. Antígona no puede aceptarlo y morirá enterrada viva. Será mejor que no sigamos imaginando a Antígona con los rasgos de Laetitia Casta: sería un grave error de casting. Además, una historia tan lúgubre no podría suceder en la Rive Gauche (como mucho en esos países atrasados y aún medio salvajes de los márgenes de Europa, donde la gente se destripa sin ton ni son).
Curiosa figura la de Antígona, llena de una determinación y un empeño que nos dejan un poco perplejos: su hermano es irremplazable, las cosas son así, y esto es lo que afirma esta joven con la que está claro que no se puede discutir. ¿Cuál es el significado de esta espeluznante historia? El filósofo Hegel interpretó esta tragedia como una contradicción entre la ley de la polis, que ordena a Antígona no enterrar a su hermano, y el amor de la heroína por su amado hermano, que la obliga a rendirle las honras fúnebres. Para Jacques Lacan, las cosas no son tan sencillas: él entiende el enfrentamiento entre Creonte y Antígona como la contraposición de un error y una pasión. Creonte se equivoca, porque la ley que impone supera cualquier límite; Antígona, por su parte, actúa movida por su pasión, corre el máximo riesgo y paga el precio correspondiente: por este extremismo es por lo que resulta inhumana. Inhumana, esa es la palabra. Y aún así, el retrato no queda del todo completo...
¿Qué es lo que quiere Antígona? Plantea la cuestión de la ley, la suya y la de los demás. En el momento en que desobedece una ley, descubre la ley de su deseo. Antígona quema todas las naves y desmarcándose pasa a ser ella misma, es decir, una persona distinta a las demás. Porque Antígona es libre; dejando atrás las determinaciones impuestas, toma una decisión que establece un corte, una separación. Al actuar de forma autónoma, pasa a ser la ley para sí misma, aunque vaya más allá de sus intereses, porque esta insensata no piensa sólo en su futuro. Y va hasta el final, hasta la muerte. Arde tan deprisa como una cerilla, sin preocuparse por durar.
Al ser enterrada viva, Antígona accede a lo que Lacan denomina “el entre-dos-muertes”: la muerte vivida de forma anticipada y que gana terreno sobre la vida, a la vez que la propia vida de Antígona desborda sobre su muerte. Es una muerte en la que hay un más allá de la vida. En esta zona imprecisa aparece la belleza. Porque la belleza es la interdicción del deseo, le prohíbe superar determinado límite: si se transgredí, al otro lado aparece el horror. Los cuadros de Francis Bacon, muy poco apetitosos para según quién, demuestran que lo horrible forma parte de lo bello.
Pero volvamos a nuestra heroína, que está desatada. Antígona va hasta el final de su deseo y, con su acción, elige lo que es; a saber, según nos dice la obra: “la guardiana del ser del criminal”. Su morboso destino adquiere sentido en relación con su familia, que no se puede negar que es una familia bastante rara, muy alejada de los parámetros definidos en la actualidad por una pequeña burguesía pulcra y ordenada. En efecto, Antígona y su hermano, en tanto que hijos de Edipo, son el fruto de un deseo incestuoso y criminal que Antígona asume al desaparecer Polinice. Toda esta gente estaba medio chalada, ya se ve. Antígona, con su muerte voluntaria, inmortaliza el destino de su linaje y al mismo tiempo introduce en él su marca personal. Da igual ser un tipo apreciado por la portera o un impresentable, funcionario o navegante, persona seria o sádico criminal: lo que uno es y lo uno hace adquiere sentido únicamente en relación con la familia de la que procede.
Antígona, la película: cuando la sesión termina y se encienden las luces, el espectador se siente un poco incómodo. Por supuesto, todo parecido con personajes reales, vivos o muertos, es mera coincidencia: ¡menos mal! Pero ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros? El comentario que hace Lacan sobre la Antígona de Sófocles combina en una misma trama el deseo, el destino, lo trágico y la ley: una mezcla que puede parecer pesada e indigesta a los estómagos acostumbrados a las dietas light, como por ejemplo el suplemento literario de Le Monde.
Pero fijémonos: el comentario de Lacan interesa a cualquier persona que frecuenta el diván. Lo que pretende demostrar Lacan es que la experiencia psicoanalítica se asemeja a la tragedia: pone en juego el deseo, cuya esencia está precisamente en su extremismo. “Antígona nos revela el punto de mira que define el deseo”, dice Lacan. El objetivo del análisis, pues, no es estar más adaptado ni ser más productivo en la empresa o más rico que el vecino. Lacan habla de cosas serias: analizarse es enfrentarse al deseo, tratar de conocerlo, de llevarlo al acto, y es también plantar cara a la muerte, en lo que esta puede tener de más presente y actualizado en la vida de cada uno. ¡Nada más y nada menos!
El análisis no es un paseíto para estar en forma. Se entiende que la persona que se ha tumbado en un diván con cierta constancia sea diferente después de una labor tan difícil, ya que se ha visto reducida a su particularidad, en lo que esta tiene de más íntimo e irreductible; el analizante no hace más que descifrar la ley de su deseo, que es la clave de su destino, pero tiene que estar dispuesto a pagar el precio correspondiente. Según Lacan, la única ética posible es una ética del deseo: ¿Has actuado conforme al deseo que te habita?”. Por eso, de lo único que somos culpables es de habernos cruzado de brazos. Lacan añade un undécimo mandamiento al decálogo bíblico: no cejes en tu deseo. ¡Caramba! ¡Siglos y siglos de culpabilidad judeo-cristiana borrados de un plumazo! Pero puede que el camino que señala Lacan nos parezca arduo. Lo cierto es que estar a la altura del propio deseo, y convertirlo en destino, no está al alcance de todo el mundo.
MORALEJA: Es más fácil complacerse en la propia neurosis, que por su propia naturaleza no sabe lo que dice ni lo que hace. ¡Ah, la insoportable levedad de la neurosis!
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SYGNE DE COÛFONTAINE, SIGNO DE LA DERROTA DEL IDEAL
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Otra figura de heroína, menos rozagante, aparece en la obra de Paul Claudel El rehén, también comentada por Lacan. El propio nombre, Sygne de Coûfontaine, llama la atención.* Repasemos su historia siguiendo al psicoanalista. Sygne es una solterona de familia noble a la que la Revolución ha dejado sin propiedades, y se pasa la vida recordando la finca familiar. Está enamorada de su primo, que un día aparece por casa acompañado del Papa en persona. Entonces entra en escena otro personaje, provisto también de un nombre imposible, Toussaint Turelure** (¿de dónde sacaba Claudel esas ideas?). Toussaint es feo, cínico y, lo peor de todo quizá, plebeyo. ¡Qué horror!
Tenemos pues dos personas a las que todo separa: ella es monárquica y él, republicano; ella viene de buena familia, y él no se sabe de dónde viene. Resumiendo, su historia es una especie de Lo que el viento se llevó que acaba mal. Toussaint, ese ser despreciable y vil, amenaza a Sygne con denunciar a las autoridades al Papa, que se aloja en casa de ella, a menos que Sygne acepte casarse con él. En este caso interviene un sacerdote, porque de otro modo nos tememos que Sygne habría dicho que no. El sacerdote le dice que, si acepta, será la agente de un acto de sublime devoción; lo que tiene que hacer Sygne es asumir como un placer lo mismo que le horroriza. Pero para ello, Sygne tiene que despedirse de su razón de vivir, más aún, de su ser.
Para Lacan, Sygne es una especie de reverso de Antífona: mientras que la heroína clásica es idéntica a su destino, Sygne realiza un acto de libertad yendo contra todo lo que es. En un acto de defensa propia, se convierte en la baronesa Turelure y da a luz a un pequeño Turelure. Nos podemos imaginar la noche de bodas… Nada de todo eso explica por qué la pareja no se separa, pero es que hay gente que prefiere pasarlo mal en familia que estar a gusto en soledad. Las cosas se ponen cada vez peor, hasta que el primo pierde la paciencia e intenta matar a Turelure. Sygne se interpone y muere. Al final de la obra su rostro se nos presenta aquejado de un tic que la desfigura, contradiciendo una vez más la belleza que adornaba a Antífona. En el último momento, la sacrificada dice que no con un gesto, con un signo.
Sin dejar de ser fiel a la causa perdida del Antiguo Régimen, Sygne sabe que se sacrifica por unos ideales desfasados, por unas palabras tradicionales y sin fuerza. Sygne es signo de la derrota del ideal, y su sacrificio desemboca en la degradación de sus fines. Esta obra, en la que Lacan ve el engaño y la burla, es “indicio de un nuevo significado de la tragedia humana”; es una versión moderna de la tragedia.
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* “Sygne” es una combinación de “signe” (“signo” “señal”) y “ cygne” (“cisne”). (N. de la t.)
** “Toissaint” significa “todo santo” y “Turelure” recuerda la palabra “tirelire” (“hucha”). (N. de la t.)
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Corinne Maier / Capítulo IV de Preocuparse es divertido.
Traductora: Zoraida de Torres Burgos

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lastima que haya descubierto este blog cuando ya has dejado de escribir en él :(. Tiene pasión.